sábado, 6 de junio de 2009

Jil

Cuenta la historia que aquella mañana, como todas las mañanas, mamá gallina se dispuso a dar un paseo por la granja con sus encantadores polluelos. Justo el gallo comenzaba a cantar cuando la madre y sus niños amarillos cruzaban la verja que delimitaba los pocos metros cuadrados del gallinero. Todo había ocurrido del mondo en que debía ocurrir; todos los paseos eran (casi) iguales, pero aquel día soleado de junio fue la excepción para Jil, el menor de los hermanos, el más curioso y por lo mismo el más distraído de los cuatro.

Cuando estaban de regreso Jil se entretuvo en unos matorrales que tenían formas extrañas y divertidas sin notar que su madre y hermanos le llevaban muchos paso de ventaja, y que, detrás de esos insólitos arbustos, le estaba acechando una zorra en ayunas.

El pollito se acercó para alcanzar una hoja que parecía ojo, cuando acrobáticamente de un brinco se le fue encima la zorra sin poder capturarlo, porque Jil, no sólo era entrometido sino también muy ágil y pudo así escapar del primer intento de aquella fiera por devorarlo.

Jil corrió, corrió y corrió sobre lo verde del pasto, y corrió y corrió y saltó sobre lo alto de una piedra, y corrió y gritó y gritó pero nadie lo escuchaba. La zorra veloz sobre sus cuatro bólidos iba dejando un rastro de baba en el camino. Jil corría, saltaba, gritaba, la zorra tiraba golpes de abanico con su cola y se reía. Jil lloraba, corría más rápido, más lento, daba brinquitos desesperado. La zorra se transfiguró en manada de dientes dejando escurrir la lengua entre sañudos colmillos.

Por fin el pequeño señorito consiguió meter sus plumas al establo donde el caballo Xavier hablaba de política interna y de cocina con la vaca Juliana. Jil alzó su voz a la medida de un grito de auxilio pero el equino y la lechera estaban muy en lo suyo como para escuchar los piídos. A través de un agujero, entre la tierra y el muro astilloso del establo, la zorra entró por cabeza seguida de un cuerpo larguirucho y esponjoso.

“Adiós, granja cruel”, pensó en voz baja el pollo sin esperanza alguna. La zorra se aproximó con sigilo. Jil cerró los ojos. La zorra abrió todos sus dientes de boca a boca para comerse a Jil. El movimiento no poco brusco en la mandíbula de la cazadora llamó la atención de Xavier quien dejó escapar un relincho semejante al ruido que hace el motor de un tractor oxidado, hecho que perturbó a Juliana quien se cagó del susto sobre Jil.

La zorra quedó impávida frente al mojón perdiendo un poco el apetito. Se mantuvo serena e inerte durante algunos minutos mientras el miserable pichón se asfixiaba en una nube de estiércol.

No pudiendo soportar ni un instante más debajo de la mierda, Jil asomó la cabeza, tomó aire como quien echa un último suspiro y dijo “pío”. Y así, como no queriendo la cosa, la muy hija de zorra recuperó el apetito y se comió a nuestro Jil.

Moralejas:

Si estás hasta arriba de mierda, no digas ni pío.

No siempre quien te saca de la mierda es tu amigo, ni siempre quien te tira mierda tu enemigo es.



Fabula por:
© Ximena de Tavira.






Elisa Terroba.

1 comentario:

  1. JAJAJA, muy bueno Eliza, me encanta que lo subas al blog, esperamos ver algo más de tu parte por aquí, gracias por las entradas. Saludos

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